Hay una frase que atraviesa la historia política argentina y que funciona casi como un dispositivo narrativo para un héroe nihilista como Snake Plissken: “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”. No habla de anarquía pura, sino de una tensión permanente entre conducción y ruptura. El liderazgo debe conducir de verdad; si se vacía, algo —el pueblo, la historia, el caos— lo reemplaza. Y en ese punto inesperado aparece el héroe carpentereano.
En Escape from New York, Snake no es un héroe ideológico. No cree en el gobierno que lo utiliza ni en los criminales que dominan Manhattan. No busca redimir al presidente ni liderar una rebelión. Hace lo que hace porque está obligado, y cuando finalmente destruye la cinta con el mensaje de paz ejecuta un gesto simbólico: corta la cabeza del sistema sin intentar ocupar él mismo su lugar. Queda todo en manos del colectivo humano. Snake no quiere conducir; expone el vacío de quienes pretenden dirigir.
Ahí Carpenter se aleja de cualquier lectura simplista. Su cine suele ser etiquetado como de izquierdas o anarquista, pero esas categorías se quedan cortas. En Halloween, la policía llega tarde y el orden suburbano se vulnerabiliza; en They Live, el poder económico gobierna desde la invisibilidad; en The Thing, la institución científica se desintegra; en Escape from New York y Escape from LA, el Estado es autoritario y la revolución una caricatura. No hay sistema que funcione. Pero tampoco hay una utopía alternativa.
Snake Plissken encarna esa posición al no fundar un nuevo modelo político, ni encarar una revolución. Sobrevive. Y esa supervivencia es, en sí misma, una crítica.
Escape from LA radicaliza esta idea a través de Cuervo Jones, una parodia evidente del imaginario revolucionario latinoamericano. Su estética remite al Che Guevara, pero Carpenter lo presenta como otro líder mesiánico, tan autoritario como aquello que combate. El resultado es incómodo: ni Washington ni Sierra Maestra aparecen como salidas posibles.
El gesto final de Snake —apagar la tecnología global y decir “Welcome to the human race”— no es un llamado a la revolución organizada ni una reivindicación liberal clásica, es como un reset nihilista, la tercera posición carpentereana. Si todos los sistemas están corrompidos, mejor apagar el tablero antes que seguir jugando. Snake Plissken, en ese sentido, se acerca más a una figura post ideológica, casi punk. Un sobreviviente que atraviesa sistemas fallidos sin creer en ninguno. Es como un gaucho matrero, un Juan Moreira del Norte.
Ahí Carpenter, como Leonardo Favio lo hizo antes, nos deja una forma distinta de héroe. La figura clásica propone alguien que se juega la vida por el bien común, encabezando una transformación colectiva. Pero Snake y Moreira no se ponen a la cabeza de esa revolución. Son víctimas de un contexto opresivo que no da chances a nadie y actúan de forma individual. Snake representa una forma de héroe diferente, que responde a una sociedad de extremo individualismo. Moreira muere, se martiriza. En cambio, Plissken sobrevive imprimiendo un mensaje distinto al del héroe clásico, porque deja en manos de la humanidad la posibilidad de transformación.
Al concretar el “que se vayan todos” que pocos años después del estreno de Escape from L.A. (1996) explotaría acá en Argentina, allá por diciembre de 2001, evidencia que si los dirigentes no van a la cabeza, habrá que avanzar “con” su cabeza.
El héroe carpentereano no toma el mando. Simplemente sigue caminando entre las ruinas, las mismas que tendremos que enfrentar entre todos para reconstruir algo posible.
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