El origen de todos los miedos
“Cuando mi padre se inclinaba sobre el fuego adquiría un aspecto totalmente distinto. Un dolor tremendo y convulsivo parecía deformar sus rasgos venerables y mansos convirtiéndolo en una horrenda y repugnante imagen del demonio”.
“El Hombre de Arena” de E.T.A. Hoffmann
¿Alguna vez intentaste mirar a alguien muy cercano fijándote en detalles a los que nunca les habías prestado atención? Te puedo asegurar que después de un rato, el rostro parece de otra persona. Cuando era chico lo solía hacer mirando a mi papá o a mi mamá. Observaba los bordes de los ojos, las arrugas, las formas de las orejas, las líneas que marcaban los pómulos, el nacimiento de los pelos, el dibujo de las cejas. Miraba cada detalle. Y después de un rato, pensaba: “¿No parece otra persona?” Y si, lo parecían, porque me había abstraído tanto de lo que estaba acostumbrado a ver de manera general, que ahora todo en esos rostros me parecía extraño. Yo lo hacía como juego, un juego privado, y funcionaba cada vez. Después, muchos años después, se me iba a ocurrir que podía hacer películas y el género que más me atraería sería el terror. A lo mejor fue aquella actividad secreta la que inició ese placer por jugar con lo siniestro.
Cuando nos ponemos a contar una historia que responde a un género específico, antes de meternos en estructuras o típicos, es bueno pensar cuál es la esencia de ese tipo de historias, o sea: en qué sentimiento se basan esos relatos. En el terror, claro está, es el miedo. ¿Pero a qué? A lo desconocido. ¿Y qué significa lo desconocido?
En The Shining, por ejemplo, Wendy y Danny Torrance conocían muy bien (o eso creían) a Jack, sin embargo, por más familiar que fuese él para ellos… si lo que sintieron no fue miedo… habría que redefinir el término. ¿Pero cómo puede algo ser familiar y desconocido al mismo tiempo? No es lo simultáneo, sino más bien la transición lo que da miedo. Ese pasaje de lo familiar a lo ajeno, es lo que llamamos “lo siniestro”.
Hay un texto que propuso una clave para pensar el terror, y da nombre a ese proceso en el cual lo familiar se hace ajeno. El texto se llama justamente “Lo siniestro (o lo ominoso)”, lo publicó Sigmund Freud en 1919 y tiene mucho menos fandom del que merece.
Propongo hacer un breve recorrido por las ideas de ese texto, viendo cómo pareciera que Freud tira una sinopsis de película de terror por párrafo. (También recomiendo que lean el texto completo, quienes no lo hayan hecho. Y quienes lo hayan hecho hace mucho, redescúbranlo, es un clásico inoxidable).
Lo familiar es ese sitio libre de fantasmas, libre de temor, confiable. En oposición, lo ominoso es algo destinado a permanecer en lo oculto, pero que sale a la luz. Cómo disparador, Freud parte del cuento “El Hombre de Arena” de E.T.A. Hoffmann, una historia basada en la leyenda de “un hombre malo que viene a casa de los niños cuando no quieren irse a dormir y les echa puñados de arena en los ojos hasta que éstos saltan llenos de sangre; entonces él los mete dentro de un bolsa y se los lleva a la luna para dárselos de comer a sus niñitos, que lo esperan allá en el nido y tienen picos corvos, como las lechuzas, con los que se devoran los ojos de los niños desobedientes”.
Freud toma la literatura para dar un marco teórico universal, dándole forma a los miedos comunes (el “Hombre de Arena” es “el Hombre de la Bolsa”, “The Boogeyman”, “la Solapa, “la Llorona” e infinitas leyendas del mundo). Y esto es una clave para pensar nuestra tarea de allí en adelante (la publicación es de 1919). Todo el cine de horror va a parecer (¿o ser?) basado en las variantes de lo ominoso descritas allí.
Juguemos a encontrar películas en “Lo siniestro”:
El miedo a quedar ciego, a la mutilación de la vista, dejándonos a oscuras para siempre, podría ser, por ejemplo, una escena de ese subgénero que se popularizó en este siglo: el torture porn. Pensar en Hostel o la saga Saw.
La superstición, lo que Freud ilustra con “el mal de ojo” y relaciona con la envidia y la omnipotencia del pensamiento, podemos encontrarla en muchas películas, pero vamos a detenernos en dos argentinas: Cuando acecha la maldad y El espanto. Las dos, una desde la ficción y la otra desde el documental apócrifo, se meten con esas creencias que atormentan y las hacen (cada una a su manera) reales.
El tema del doble. Freud habla de la equivocación con otra persona hasta confundirse con uno mismo; o la duplicación como representación del Demonio para la religión. Esto va a convertirse en un tópico gigante para el terror (y otros géneros también). Pero mientras tanto, pensemos en Invasion of the Body Snatchers, o en The Thing.
La repetición de lo igual y lo laberíntico; la repetición no deliberada lleva al lo fatal; es ominoso todo lo capaz de recordar esa pulsión de repetición. Imposible no pensar en The Shining y ese laberinto que enloquece a Jack Torrance. Cómo decíamos antes: el padre que se hace asesino, lo familiar que es arrojado a hacerse ajeno.
Y llegamos al mayor de los miedos, al temor a lo más desconocido: la muerte.
Freud habla de cadáveres, zombies (Night of the living dead, relación obligada, pero también Das Cabinet des Dr. Caligari, o todas las versiones de Frankenstein y Drácula), espíritus (me gusta recuperar The Frighteners), aparecidos (Sleepy Hollow es un claro ejemplo, pero es interesante pensar a Jason de la saga Friday the 13th como un aparecido) y fantasmas (Ringu, por nombrar un emblema de esa serie de films japoneses que renovaron el género hace un par de décadas). El muerto, dice Freud, se nos aparece como enemigo del vivo: nos viene a buscar.
El miedo a la muerte es “lo antiguo que permanece”. O sea, sentimos el mismo miedo que sentían los primeros seres humanos, es la angustia primitiva frente a un muerto. Freud sostiene que seguimos (el texto tiene más de cien años y acá estamos todavía) ante la misma incertidumbre: ¿Qué es la muerte?
El tema, plantea Freud, es en verdad la incertidumbre científica. Mientras la religión busca una explicación en el más allá, la ciencia solamente puede explicar el más acá. Precisamente esa premisa que da sustento a The Exorcist: los médicos no pueden dar respuestas a lo que le sucede a Reagan, no hay explicación desde la medicina. Entonces, la madre recurre al ámbito religioso. La misma premisa se plantea, esta vez con mayor intensidad y escepticismo, en Prince of Darkness. Allí, ninguno de los dos ámbitos podrán dar una respuesta a la llegada del Maligno, solamente el amor podrá enfrentarlo, no sin desencadenar una tragedia.
El texto termina con una oda a la ficción, como si necesitáramos de ella para enfrentar los límites entre lo conocido y lo irreal. Las “realidades ficticias”, dice, “son privilegios de la ficción”. Y quien escribe, para una pantalla en nuestro caso, “puede orientarnos de una manera particular”.
En definitiva, tenemos una responsabilidad muy grande cuando nos sentamos a escribir una película de terror. No se trata simplemente de dos o tres buenos sustos, o de qué tan original sea una nueva cabaña perdida en el bosque, ni de nuevas excusas para que alguien corra escaleras arriba cuando debería salir de la casa. Estamos lidiando con un sentimiento originario que sigue sin explicación desde que la humanidad es humanidad. Esa es nuestra responsabilidad. Es grande. Bastante. Pero la idea de lo familiar hecho ajeno es un lugar para recostarnos, una clave fundamental para que nos sentemos a pensar una película de terror. Incluso es un buen ejercicio para la imaginación: ¿Qué pasaría si el carnicero de pronto dejara de cortar las milanesas, se rebanara un dedo con decisión y nos mirara sonriendo? ¿Y si abriéramos la puerta de nuestro departamento y el portero apareciera sentado en nuestro sillón? ¿Y si simplemente saliéramos a la calle y no hubiese nadie, ni autos ni gente, ni nada?
En el ejercicio de imaginar algo familiar que se torna ajeno podemos encontrar la idea de nuestra próxima película de terror. Pero será más poderosa la historia si partimos de nuestro mayor miedo, el personal, eso que nos perturba ni bien lo pensamos. Todos tenemos algún miedo profundo, no hace falta que lo digamos, es muy privado muchas veces, pero sí hace falta que podamos reconocerlo para darle una forma escénica. Si logramos eso, vamos a poder hacer que los espectadores sientan de qué se trata lo siniestro.
El miedo nos ayuda a entender por qué hay tanta enajenación en el mundo que habitamos. Soy un convencido de que es un género más que necesario, diría que es fundamental para construir un pensamiento crítico. Muchas veces es denostado, señalado de superficial. Seguramente, después de haber pensado en todo lo que precede a estas líneas, cuando volvamos a escuchar una opinión similar, sonriamos para nuestros adentros, sabiendo que nosotros sí estaremos preparados para cuando lo siniestro pretenda gobernarnos.
Este texto fue escrito originalmente para la entrega Nro. 01 de mi (anti)newsletter ESCRIBE MONSTRUO ESCRIBE. Si querés recibir de manera random contenidos originales sobre guion de cine fantástico, podés suscribirte cuando quieras.
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