No es nuevo, pero en 2025 el terror se terminó de revelar como un lenguaje sincero para esta realidad. No es escapista ni morboso, sino casi un espejo. Es una puesta en escena de ficción para el scroll diario y la ansiedad colectiva.

Películas como Terrifier 3 irrumpieron en los últimos años como fenómeno cultural: horror gore, explícito, extremo, pero ya no de nicho. Lo que antes era exclusivamente marginal, ahora se hace conversación social entre público que no aceptaba ver películas de terror como hábito, incluso habiendo opinado antes que se trata de un género casi infantil. Con The Sustance o Longlegs, por ejemplo, el terror se volvió “más interesante”. Ahora todos lo consumen y muchos hablan del género como si lo hubieran estudiado.

Otra no-casualidad es la revisión de clásicos que hubo en los últimos años: Nosferatu (Eggers), Frankenstein (Del Toro), demostrando que los viejos horrores también pueden interpretarse y el público lo celebra.

Bienvenida la terrormanía. Aunque hay que ver para qué.


Dos de las películas favoritas de 2025 han sido films de terror. Sinners es una, donde el terror se explicita para exponer el racismo, opresión y cuerpos excluidos. Es una clara herencia de lo que viene pasando con las películas de Jordan Peele, pero con algo tan sobrenatural como los vampiros. Una especie de mezcla entre Get Out (Peele) y From Dusk Till Down (escrita por Tarantino, dirigida por Robert Rodríguez), pero nada diferente en esencia a la película que inició el cine de muertos vivos: The Night of the Living Dead. Allí ya existía lo que hoy se llama “Terror Social”.

Weapons, otra de las películas que aparecen este año en todos los top 5, también va de alguna forma por ahí. Propone un horror colectivo, en una comunidad donde se rompió la cadena de confianza, y con un relato coral que afianza esta cuestión de voces plurales y desconectadas.

También hizo mella Bring Her Back (mi favorita de este año), que es una fábula terrible, una revisión del mito de la bruja, que se plantea mucho menos explícita que Weapons y Sinners. Quizás por eso es menos favorita en los rankings. Pero por eso es mi favorita

Este boom no surge en el vacío. Surge en un mundo sobrecargado de violencia: guerras, amenazas, discursos autoritarios, violencia simbólica en redes sociales. El terror no inventa monstruos: los señala. Y la audiencia ya está acostumbrada a convivir con ellos. Películas, series y hasta documentales true-crime funcionan como espejos amplificados de esa violencia latente: asesinos que se presentan como víctimas, testimonios donde el agresor pretende reconocerse como “uno más”, o discursos como que todos somos “asesinos potenciales”. Es horror real, no ficción. Es horror cultural.

Que el terror dejó de ser escapismo ingenuo y es un espejo de la época, está más que claro. El horror ya no habita solo en mansiones oscuras, sino en barrios, en redes sociales, en la desesperanza económica, en la violencia estructural. Por eso, el espectador dejó de ser pasivo: ya no busca sustos, busca catarsis.

¿Es peligroso escribir terror para un público hambriento de violencia?

Si vivimos en una sociedad fogoneada por violencia simbólica, que consume true crime como si fuera un deporte, que naturaliza discursos extremos, y que entra a las redes sociales como quien entra a una arena romana…

¿No es peligroso hacer terror para ese público?


El terror siempre fue válvula de escape, pero ahora corre el riesgo de convertirse en alimento. ¿Hasta qué punto el monstruo deja de ser metáfora y empieza a ser manual emocional?


Este texto no busca la censura. Si hay algo en la esencia del terror, es romper con toda actitud censora. Lo que busca este texto es responsabilidad entre quienes escribimos terror.

El peligro está en que, si no reflexionamos, el público no vea nuestros films como advertencia sino como destino posible. Y ahí, justamente ahí, se vuelve urgente escribir mejor terror: no para anestesiar, sino para despertar.


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