
El 31 de mayo de 2026, LA MONSTRUA CINÉFAGA realizó en Buenos Aires el primer Congreso Marginal de Terror Argentino.
Ahí, entre pensadores, colegas y amantes de nuestro género favorito, expuse algunas ideas sobre la influencia (o paternidad) de John Carpenter en el cine que hacemos.
Aquí comparto el texto completo.
I) Borges y la tradición sin permiso
Pensar una tradición de cine de terror en Argentina es enfrentar un dilema parecido al que Borges planteaba sobre la tradición literaria: ¿qué nos corresponde, qué debemos imitar, qué podemos inventar?
En “El escritor argentino y la tradición”, una conferencia que Jorge Luis Borges dictó en el Colegio Libre de Estudios Superiores en 1951, la bestia de nuestra literatura, que escribía género fantástico, nos plantea que la pregunta por la tradición argentina es, en realidad, un falso problema. Sostiene que es inútil pensar que lo nacional deba definirse exclusivamente por el color local, y afirmando que nuestro patrimonio simbólico es el universo entero.
Si tenemos en cuenta que el terror en nuestro país no tenía antes de este siglo una genealogía propia —apenas algunas islas dispersas, como Alguien te está mirando, de Gustavo Cova y Horacio Maldonado, o de gestos pioneros como los de Carlos Hugo Christensen y Mario Soffici—, debemos aceptar que la mayoría de quienes hacemos y vemos este género acá nos criamos con monstruos extranjeros y pesadillas importadas. Pero Borges nos da una clave: no importa de dónde venga el material, lo decisivo es cómo lo hacemos nuestro. Porque la autenticidad está en la mirada.
Después de más de un cuarto de siglo de ensayos, tropiezos y finalmente logros internacionales de nuestro Cine de Terror, hay una línea más o menos invisible, en este sentido borgeana, que siempre encuentro hablando con y viendo las películas de quienes nos dedicamos a lo siniestro acá en el Sur. Y esa línea lleva el nombre de John Carpenter.
¿Qué diferencia a Carpenter de otros autores que nos gustan, como pueden ser Sam Raimi, Peter Jackson, Hitchcock, Spielberg, Friedkin o Argento? Hay algo en todos esos directores que nos provocan admiración, de los que podemos ver influencias en autores nacionales específicos, pero que no hacen mella como Carpenter en absolutamente toda la filmografía de terror de nuestro país.
¿Por qué es capaz de aparecer en películas tan diferentes como las de Laura Casabé, Demián Rugna, Daniel de la Vega o Pablo Parés?
Hay cuestiones que tienen que ver con la puesta en escena y la utilización de los recursos, que nos identifican, porque iluminan una posibilidad para quienes hacemos películas acá. Pero también hay una cuestión ética. Hay ideas emergentes en sus películas, que evidentemente tienen mucho que ver con nosotros. Esa ética está traducida en sus guiones, en su forma de poner la cámara y hasta en la elección de los actores.
Porque Carpenter es uno de esos autores que son capaces de abordar una película de género (de terror, de ciencia ficción) y darnos al mismo tiempo una mirada muy cruda, certera y audaz sobre su propio mundo contemporáneo.
Y eso, para quienes hacemos y para quienes miramos cine de género, es algo que sabemos central. Hacer este cine no se trata de copiar formas; es hablar de lo que nos pasa con una mirada que despierte la imaginación. Si nos quedáramos con las formas nada más, no estaríamos diciendo nada. Y Carpenter nos enseñó que siempre hace falta decir algo.
John Carpenter es el autor que nos despertó a la posibilidad de hablar de nuestras cosas desde ese lenguaje universal que es el fantástico. Nos enseñó que el terror no es un efecto: es una forma de comprender y de expresar nuestro propio mundo.

La imagen de Michael Myers
Cada vez que empiezo a imaginar una nueva película de terror, vuelvo como punto de partida a esta imagen. Hay una sensación que me genera, una inquietud provocada por esa figura amenazante y desde el punto de vista de la protagonista. Ahí, a Carpenter no le hace falta mucho para inquietarnos. Con apenas una persona con una máscara comprada en un cotillón, inventó algo nuevo. En esa síntesis está todo lo que necesitábamos saber para hacer terror en Argentina. Con muy poco, es posible contar mucho.
II) Minimalismo como ética y poética
Habitando los márgenes de Hollywood, Carpenter construyó una poética desde la limitación —presupuestos bajos, espacios reducidos, música mínima— y convirtió esa escasez en una forma de mirar el mundo.
El horror argentino nació independiente, unos treinta años atrás, en un contexto donde casi no había industria, apoyos ni legitimidad institucional. Suena familiar, ¿no? O más bien, tan contemporáneo que se hace ominoso. Sin embargo, esa marginación produjo una libertad estética carpentereana: filmar con lo mínimo puede —y debe— narrar lo monstruoso.
Nuestro cotidiano está trágicamente marcado por la escasez. Y en nuestro cine, el barrio, la precariedad y el espacio doméstico deteriorado funcionan muchas veces como portales hacia lo inquietante. Está en La Virgen de la Tosquera, de Laura Casabé, en el slasher barrial de Nadie va a escuchar tu grito de Mariano Cattaneo, en el terror suburbano de Demián Rugna en Aterrados, incluso en la ruralidad de Cuando Acecha la Maldad y también en la de Muere Monstruo Muere de Alejandro Fadel. Ahí la tradición carpentereana que habría señalado Borges, se vuelve evidente: usar formas extranjeras —el slasher, el terror social, el horror cósmico, el thriller paranoico— para narrar un mal que se reconoce como propio.

Cuando en 1996 con Farsa Producciones hacíamos Plaga Zombie con los vueltos del supermercado que nos dejaban nuestros viejas, estábamos en el secundario y no sabíamos a ciencia cierta cómo se hacían las películas que intentábamos imitar. Esas producciones se veían (se ven) demasiado lejanas. Pero en Carpenter encontramos algo familiar. Y si no fuera por Halloween, probablemente no habríamos hecho nuestra segunda película: Nunca Asistas a Este Tipo de Fiestas, un slasher filmado en una quinta en la provincia de Buenos Aires, durante un fin de semana y con lo mínimo. Ahí ya nos declarábamos carpentereanos confesos. Emulando su asesino enmascarado; sus subjetivas; sus planos generales con una amenaza construida nada más que con un fragmento de cuerpo cerca de cámara; y, obviamente, sus teclados sintetizados haciendo “tun, tun tun”. Fue nuestra manera de empezar a comprender que había un lazo entre nosotros y este director de la edad de nuestros padres que surgía entre los lomos de los VHS del videoclub.
Si vamos a Asalto al Precinto 13 (1976) o Halloween (1978), queda claro que John Carpenter ya estaba filmando desde la escasez. Pocas locaciones, actores desconocidos y el fuera de campo como herramienta narrativa fundamental. No era una estética “de autor” pensada desde el lujo sino una estrategia nacida de la necesidad.
Y como en Argentina el bajo presupuesto no es una etapa inicial que luego se supera, sino el sistema mismo de producción, esa condición material termina modelando no sólo la forma visual de nuestro terror, sino su cosmovisión. Y Carpenter estuvo ahí para acompañarnos en esta aventura desde que empezamos.
Porque, además, sintetiza una idea que nos atraviesa directamente. Sus héroes no son los tradicionales, ni logran éxito, dinero y poder. Carpenter propone algo así como el héroe trabajador: luchar por sobrevivir más que por vencer. Para nosotros, casi una metáfora del equipo que hace el film. Se nos hace imposible imaginar héroes invencibles y finales con una épica basada en la puesta a gran escala. En el terror argentino, como en Carpenter, los personajes apenas logran escapar.
III) La comunidad encerrada
Hay una idea que atraviesa buena parte del cine de John Carpenter y que, con el tiempo, se volvió un modelo narrativo para el cine argentino: el grupo encerrado como micro-sociedad. La comisaría de Asalto al Precinto 13, la base científica de The Thing, la iglesia de Prince of Darkness, incluso las ciudades convertidas en prisión en Escape de New York y Fuga de Los Ángeles, funcionan como espacios donde el orden institucional queda suspendido y emerge una ética del grupo.
El cine de terror argentino dialoga con esa lógica. Primero, por el valor de producción que propone al desarrollar casi la totalidad de un film en una sola locación; y después porque la idea de lo colectivo cala hondo en nuestro Ser nacional. Lo particular acá son las diferencias en cómo lo colectivo se manifiesta en nuestro terror. Para Carpenter siempre es una posibilidad: para el cine argentino, a veces es una tragedia.

Vamos a algunos ejemplos. Primero los hermanos García Bogliano. Tomemos su película Sudor Frío. Tres jóvenes enredados en un trío amoroso deben enfrentar a un dúo de torturadores que siguen desarrollando sus prácticas desde la última dictadura. Están encerrados y para confrontar con los villanos se unen a unos vecinos que parecían oponentes. Una fórmula carpentereana pura y dura que confirma la potencia de lo colectivo contra el Mal.

Aterrados (2017, Demián Rugna) es otro ejemplo cercano a la relectura del espíritu carpentereano. El barrio es como la aldea de Halloween, las casas conectadas funcionan como micro-espacios sitiados y el pequeño grupo de policías e investigadores recuerda directamente a la lógica de La Cosa (1982): nadie entiende qué está pasando, la explicación racional se desarma y la amenaza se construye desde el fuera de campo. Sin embargo, hay un matiz local decisivo; la desconfianza no es una consecuencia del encierro, como en La Cosa; existe desde antes.

Pero en el cine argentino hay formas más contrastantes aún de dialogar con el microcosmos carpentereano. Contrarias, diría. En las películas de Daniel de la Vega, por ejemplo, el encierro se vuelve psicológico, incluso espiritual. Y lo que promete ser un grupo no termina de consolidarse como una comunidad. Mientras Carpenter filma cómo el encierro puede producir una alianza mínima que permita resistir, De la Vega trabaja la imposibilidad de esa alianza. Y me atrevo a decir que ahí es donde aparece la tragedia. El encierro acá no ordena: fragmenta. Basta con ver su última película, Los Ojos del Abismo, donde las instituciones ya estaban rotas desde antes del encierro y la comunidad debe encontrar el plano sobrenatural para consolidarse. No hay una copia de Carpenter, hay una apropiación de una idea, pasada por un prisma inevitablemente argentino. Tal cual proponía Borges.

Pero hay otra mirada más. En Dr. Cerebro, Pablo Parés reescribe el grupo encerrado carpentereano. Primero, el espacio es abierto, son las Cordilleras de los Andes, que aparecen como un personaje gigante y laberíntico. Un sitio donde el grupo, en lugar de fortalecerse, se desintegra.
Si Carpenter había dejado una clave sobre el espacio abierto y a la vez cerrado en las “Escape”, de ciencia ficción, siguió con esa onda desde el terror en Fantasmas de Marte (2001). Y esta obra gigante, injustamente tapada, se me antoja mejor antecesora de Dr. Cerebro que las demás. Si bien en Fantasmas de Marte Carpenter crea una merma de los integrantes del grupo, finalmente propone una puerta hacia la lucha contra el Mal, en la cual se unen definitivamente la policía y el delincuente, que antes fueron enemigos. Parés es menos optimista en su Dr.Cerebro. Bastante, porque no hay acuerdo posible. El grupo implosiona en discusiones sobre verticalidad y horizontalidad, lo que propicia el fin de la raza humana.
Según lo estamos viendo, como De la Vega, Parés también estaría retratando la tragedia de no ponernos de acuerdo en cuál es el verdadero mal y cómo combatirlo. La tragedia del individualismo.
IV) El Terror como lenguaje inevitable
Halloween, 1978. Mientras en Argentina se libraba la dictadura más sangrienta que supimos vivir, Carpenter contaba una historia donde la irrupción de un monstruo no era caprichosa, sino la consecuencia de un orden que se rompió: El psiquiatra Loomis se convierte en un cazador armado. La policía llega tarde. Los padres delegan el cuidado de sus hijos en un entramado de niñeras que transforman el trabajo en un espacio de distracción.
Halloween es una historia acerca de sobrevivir cuando las instituciones dejan de funcionar como debieran. Algo que conocemos en Argentina muy bien. Policías que hacen lo contrario a su deber, autoridades ausentes, sistemas que prometen seguridad pero matan.
Si Borges se definía un europeo nacido en el exilio, ¿cómo no vamos a pensar que Carpenter es un argentino nacido en el exilio? ¡Si nos viene enseñando película a película que tenemos trabajar sobre nuestras propias oscuridades!
Nos enseña, básicamente, que las oscuridades colectivas son las que el género nos permite abordar sin caer en la panfletada de la solemnidad.
Y acá surge una pregunta que recién empezamos a responder: ¿Por qué hay tan pocas películas de terror sobre el período más terrorífico de nuestra historia reciente?
La mayoría de quienes hacemos cine de terror en Argentina y nacimos, más o menos, entre los años setenta y ochenta, crecimos con la idea de que la dictadura sólo podía ser retratada desde registros como el drama histórico o ciertos abordajes del realismo social. Miradas que imponían algo de intocable, como si “con la dictadura no se pudiera joder”. ¿Cómo un género ligado al entretenimiento va a encarar lo terrible de nuestra historia?
Mientras la mirada conservadora disfrazada de progresismo se nos imponía, al mismo tiempo veíamos las películas de John Carpenter y descubríamos que, con una historia como la de They Live, era posible cuestionar desde el Fantástico a un Estado totalitario y a un sistema opresivo, gobernado por élites. Con el tiempo, entonces, empezó a surgir la inquietud de abordar nuestra propia historia oscura desde el género que, justamente, es el que ofrece los tópicos necesarios para hacerlo.
Con Nunca Asistas a Este Tipo de Fiestas (2000), que ya nombré antes, nos metimos con FARSA Producciones en ese embrollo de una manera casi inocente, éramos pibes. Años después, con la secuela Nunca Más Asistas a Este Tipo de Fiestas (2009), el gesto se volvió más consciente: decidimos hacerlo de forma más abierta y provocativa, asumiendo que el terror y el humor también podían dialogar con aquello que durante mucho tiempo estuvo prohibido.
Los García Bogliano también se metieron en ese territorio con Sudor frío, que ya repasamos antes también, aunque desde una propuesta de terror muy distinta.

Más recientemente, los Onetti avanzaron sobre ese cruce en 1978, donde plantean un ritual satánico dentro de un centro clandestino de detención, desaparición y tortura. Allí la frontera moral se vuelve difusa: ya no queda claro qué resulta más siniestro, si el horror demoníaco o el horror concreto de la tortura y el asesinato ejercidos por el terroristo de estado.
Y ahí aparece de manera directa John Carpenter, en todas sus variantes. Lo que antes parecía imposible —hacer terror con la dictadura— empieza a emerger en distintas escalas: desde proyectos independientes, hasta películas que logran mayor circulación industrial.
Pero quisiera detenerme en una película que, injustamente, y quizás por ese manto de solemnidad histórico, no es considerada dentro del horror. Crónica de una fuga, de Israel Adrián Caetano, no solo apela a muchos de los tópicos propios del género, sino que además debe leerse como la obra de un confeso discípulo de Carpenter.

Esa influencia ya había quedado muy clara en Un oso rojo, con una puesta en escena abiertamente carpentereana, que dialoga de forma directa con Halloween. Pero es en Crónica de una fuga donde Caetano parece declarar de manera más explícita su amor por el cine de John Carpenter.
Los tópicos están ahí: el encierro y la paranoia; la casa que devora, en ese lugar conocido como la Mansión Seré que fue un centro clandestino de detención y tortura real; un mal deshumanizado y brutal; la inversión de la máscara clásica del slasher, donde ya no se oculta el rostro del asesino sino que la invisibilidad recae sobre las propias víctimas, cubiertas por capuchas, vendas o paredes; y, sobre todo, la idea de un caos que habilita la irrupción del mal en la vida de un protagonista que, desde una inocencia inicial, se ve empujado a enfrentarlo. Tamburrini, arquero del Club Almagro, literalmente desnudo, lucha por sobrevivir; en una película que bien podría haberse llamado Escape de la Mansión Seré.
La comunidad de Crónica de una Fuga, como la de Dr. Cerebro, se dispersa. La de Parés con destino de tragedia fantástica, la de Caetano hacia la tragedia histórica. Aunque ambas, argentinas.
V) Método, traducción y misión
Si algo nos deja Carpenter no es un estilo para copiar, sino una ética de trabajo. Una forma de mirar el mundo desde lo mínimo. Sus películas demuestran que alcanza con una idea precisa, un espacio concreto y la decisión de filmar aquello que nos inquieta de verdad. Ahí es donde lo carpentereano se vuelve profundamente argentino.
Como marcaría Borges, en la influencia de Carpenter aparece el verdadero génesis de esta tradición en construcción, que es nuestro terror. No en la copia directa del modelo extranjero, sino en los gestos de películas que preguntan lo que nadie se atreve a preguntar.
Como ningún otro maestro, John Carpenter nos da la posibilidad de construir, con recursos mínimos, metáforas sobre el mal real: sobre la violencia, el olvido impuesto, la soledad, la paranoia colectiva, los tabúes y lo siniestro del presente también.
A veces pienso que si el terror se hubiese ocupado desde temprano de nuestros miedos colectivos, hoy estaríamos mejor. Porque el horror es una forma de conocimiento. Por eso, quienes hacemos este género en Argentina cargamos con la misión de llevar a la pantalla esos miedos comunes y de construir metáforas que nos permitan enfrentarlos. Porque para encontrarnos como hacedores y público basta con hundirnos en el Mal que nos acecha a todos.
Borges decía que crear es abandonarse a un sueño. Carpenter nos enseña que hacer terror es soñar pesadillas colectivas. Y en esas pesadillas, todos podemos ser argentinos.

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