Como los tuvo Gustavo del Sarmiento (los viejos tripulantes del tren al Oeste sabrán de qué estoy hablando), TOY STORY 5 tiene tres problemas. Primero, narrativo; después, emocional; y después, viene el más grave de todos: el ético.
Aunque duela decirlo, tres de los principales pilares de una narración se derrumban en esta última película de Pixar. Y no duele solamente porque sea de Pixar, sino porque sucede con la saga que más hemos querido y de la cual esperábamos recuperarnos luego del último golpe de la 4.
En principio, el problema narrativo más evidente no tiene que ver con la elección del personaje protagonista, sino con la de algunos secundarios. Por un lado, la legión de Buzz Lightyears con wifi que no terminan de sumar nada a la trama, más allá de convertirse en drones y darles la posibilidad de volar —por cierto, en una secuencia mucho menos emocionante y original que la del clímax de la primera—. Por otro —y acá lo que más duele en este sentido—, lo más descartable es la función de Woody. Terrible. Si sacáramos a Woody de esta película, la historia se contaría igual. Es algo desgarrador, pero es así. Entra —literalmente— por la ventana y así también se va, sin haber modificado el desarrollo del conflicto en lo más mínimo.
Lo emocional es, como bien sabe cualquier narrador o público aficionado, el canal más importante para contar una historia. Toy Story ha demostrado ser una de las sagas que mejor lo comprendía, no solamente con ese clímax que nos arrastró hasta las lágrimas en la tercera, sino con desarrollo de todas sus entregas. Incluso en la fallida cuarta. Pero acá, ¿qué pasó? Apelan a flashbacks de flashbacks de la dos, reciclando lo reciclado incluso dentro del mismo film, sin moverle un pelo a nadie. La historia no emociona por sí misma. Una desgracia.
Finalmente, el mayor de los tres problemas es el ético. Quien no tenga hijos, puede igual imaginar de qué se trata la crianza en una época de pantallas multiplicadas. No hace falta decirlo treinta veces para que lo entendamos —como lo hacen los juguetes una y otra vez—, ni mucho menos transformarlo en un desastre moral como termina haciéndolo esta película. Arranca machacando con la moralina una y otra vez, con la tablet como villano. Pero después la misma tablet se convierte en aliada de los juguetes. Pongámosle que no está mal esa idea, en definitiva lo que se podría decir es que hay que aprender a convivir con esa tecnología. Pero en lugar de meterse con los verdaderos peligros, como lo hizo siempre la saga, los juguetes utilizan la tablet para engañar a niños y adultos, haciéndose pasar por niños. Valga aquí el spoiler para señalar que la resolución del conflicto se da con los supuestos héroes actuando como groomers. Es un peligro. Un verdadero peligro al que estamos exponiendo a los pibes.
Si Toy Story fue siempre el encuentro entre la nostalgia y una mirada de aprendizaje hacia el futuro, Toy Story 5 es la derrota del marketing nostálgico. No alcanza con apelar a emociones viejas, hace falta que estén articuladas, que emocionen y propongan algo valioso.
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