Escuché buenos y malos comentarios sobre Obsession (2026), la película escrita y dirigida por Curry Barker. Entre los malos había uno que se repetía y que me llamó particularmente la atención: la ramita de los deseos (el One Wish Willow) era poco creíble.

Para quienes no vieron la película, el asunto es más o menos así: Bear está enamorado de su amiga Nikki y encuentra en una tienda esotérica un pequeño objeto llamado One Wish Willow capaz de conceder un único deseo. Bear pide que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo.

Y funciona. Pero, por supuesto, funciona mal. O mejor dicho, el deseo es concedido pero con algo terrible como consecuencia.

La idea no es precisamente nueva. El One Wish Willow es una reinvención de La pata de mono, el cuento que W. W. Jacobs publicó en 1902 y que convirtió aquello de “cuidado con lo que deseas” en una de las grandes premisas del fantástico. Si no leyeron el cuento, es muy probable que conozcan la historia por Los Simpson. En un especial de Halloween, Homero consigue una pata de mono capaz de conceder deseos que inevitablemente terminan provocando alguna desgracia.

De hecho, Barker reconoció que ambas cosas estuvieron entre las inspiraciones de Obsession.

Pero volvamos al problema. ¿Es creíble el One Wish Willow?

En éste, el mundo real, me atrevería a decir que no.

Entonces, la pregunta debería ser otra: ¿creemos que el One Wish Willow puede existir dentro del universo de Obsession?

Ahí aparece una de las cuestiones más fundamentales del fantástico: la construcción del verosímil. No necesitamos creer que algo existe en nuestro mundo. Necesitamos aceptar que puede existir en ese otro mundo que la película construye frente a nosotros.

Es un pacto que hacemos entre autores y espectadores. Y el fantástico necesita establecerlo bastante rápido porque después tiene cosas más importantes que hacer. Contar una historia, básicamente. Pero si ese pacto no está, o se quiebra porque no funciona el verosímil, la historia se cae a pedazos.

Si aceptamos que ese pedazo de madera puede conceder un deseo, estamos adentro. A partir de ahí podemos preocuparnos por las consecuencias. Podemos ver cómo Nikki transforma progresivamente su amor en algo aterrador. Podemos sentir la incomodidad de Bear cuando empieza a comprender que obtuvo exactamente lo que pidió.

Y también podemos pensar que Bear es un nabo.

En realidad, necesitamos pensar todo eso para aterrorizarnos.

Porque el terror de Obsession no está en el One Wish Willow. Ese objeto solamente abre una puerta. El verdadero terror aparece después, cuando una fantasía romántica bastante elemental —que la persona que deseamos nos ame— empieza a crecer hasta convertirse en una pesadilla.

La pata de mono siempre funcionó de esa manera. Nos ofrece algo imposible para hablarnos de algo perfectamente reconocible.

Por eso me resulta curioso exigirle realismo al elemento fantástico que permite que la historia exista. Podemos discutir sus reglas, detectar contradicciones o preguntarnos si la película consigue sostenerlas. Pero hay un momento anterior en el que tenemos que decidir si aceptamos jugar.

En algún punto, cada película fantástica nos hace esa pregunta. Vampiros, viajes en el tiempo, superhéroes, odiseas espaciales, nada de eso existe en nuestro mundo. Sin embargo, grandes clásicos de la literatura y el cine se paran sobre esas ideas.

Después la película tendrá que hacer su trabajo. Tendrá que respetar el universo que inventó, sostener sus reglas y conseguir que nos importe lo que sucede dentro de él.

Pero primero tenemos que entrar. Y Obsession es una película que parece estar logrando que muchos entren. Es un éxito de taquilla porque logró —como lo hizo The Substance con el body horror— que mucha gente ajena al género pudiera conectarse. Son películas que logran un pacto masivo, como una religión en la que cada cine es un templo. 

Son películas que no proponen grises: es creer o no creer.

Yo elijo creer.


Te invito a ver ESTE AMIGO IMAGINARIO, la comedia romántica fantástica que escribí y dirigí para SHORTA, en la que también hay un salto de fe dramático.


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