Un tipo de treinta y pico tiene un amigo imaginario que quiere independizarse. El tipo no quiere, pero se enamora. Entonces, el amigo imaginario le propone un trato: “Yo te ayudo a levantarte a Lola y vos firmás mi retiro”. Hasta ahí, podemos pensar en una comedia romántica fantástica bastante tradicional. Pero esa historia está contada en episodios de uno o dos minutos y en una pantalla vertical. Ahí empiezan las preguntas.
Pensemos que nuestra historia va a ser vista entre una estación de subte y otra. ¿Qué podemos contar en ese tiempo? ¿Cómo construimos un personaje? ¿Dónde entra una emoción si enseguida tenemos que pasar al capítulo siguiente?
Al escribir Este amigo imaginario, más que el formato vertical de la puesta en escena, el mayor desafío fue la duración. Cada episodio tenía que concentrar un conflicto, producir algún cambio, dejarnos con ganas de seguir, resolver algo de la historia y abrir otra posibilidad. Todo eso en uno o dos minutos y sin que los personajes se convirtieran en empleados de los puntos de giro.
Porque podemos llenar un minuto de acontecimientos, podemos meter una revelación, una pelea, una amenaza y alguien que abre una puerta justo antes del corte. Pero también tenemos que encontrar qué nos importa de todo eso. Qué le sucede a ese personaje y por qué querríamos acompañarlo.
Con la plataforma Shorta la apuesta fue contar una historia personal dentro de esa forma de consumo audiovisual. Una comedia romántica de tinte fantástico sobre alguien que se siente raro, diferente, incapaz de construir una relación. Un personaje que tiene un amigo imaginario, pero atraviesa dificultades bastante reconocibles para quienes nos arreglamos sin uno (al menos, sin uno confesable, porque sentirse un freak no tiene límite de edad).
Lo fantástico permite darle una figura a ese proceso emocional. Ponerlo a hablar, discutir, intervenir en una relación. Y desde ahí, pensar cómo podemos construir algo con otra persona y ser mejores.
Ahora bien, el consumo voraz existe. Los capítulos pasan uno atrás de otro y las historias compiten con todo lo que aparece en el teléfono. Eso nos obliga a pensar qué hacemos con esa velocidad. Y a mí me interesa investigarla. Ver hasta dónde podemos usarla para contar algo propio. Encontrar dentro de esas reglas una forma de invitar al espectador a un juego que quizás no esperaba.
También hay una posibilidad concreta para quienes quieren empezar a hacer ficción. Un teléfono y un microfonito pueden alcanzar para realizar una historia y ponerla en circulación. Una producción como Este amigo imaginario tiene otra escala, pero el formato permite probar con los elementos que tenemos a mano.
Y probar implica escribir, filmar, equivocarse y volver a mirar. Descubrir qué sucede con una escena cuando alguien la ve en esa pantalla.
Las series verticales tienen mala fama, en parte, por las propuestas que más circularon hasta ahora desde China y Estados Unidos. Justamente ahí tenemos trabajo por hacer. Podemos aportar otras historias, otros personajes, otras maneras de mirar.
Quizás alguien llegue buscando pasar el rato entre dos estaciones y se encuentre con un personaje que le devuelve algo de sí mismo.
Esa ya es una buena razón para intentarlo.
Te invito a ver ESTE AMIGO IMAGINARIO, la comedia romántica fantástica que escribí y dirigí para SHORTA, producida por NAVAJO FILMS, con Nachito Saralegui, Agustirna Papryka Suásquita, Keruza, Fede Bal, Bianca Oliveti e Hilda Lizarazu.

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