La vida cotidiana —pantallas, notificaciones, urgencias financieras, obligaciones que nunca terminan— está diseñada para fracturar nuestra atención. Sin atención sostenida, no hay imaginación; sin imaginación, no hay obra posible.
Si hay algo que hoy nos bloquea la posibilidad de escribir algo, es la sobreestimulación y la ansiedad.
Nuestra misión para lograr una primera página de historia que abra el portal hacia su totalidad, empieza por vencer esa primera barrera.
Acá van algunas ideas para lograrlo:
1. No esperar la inspiración. No existe. En lugar de poner la responsabilidad en un evento mágico, construyamos ese evento con responsabilidad. Reemplazar esa idea falsa por la de concentración. Buscar concentrarse en un espacio que te permita entrar en tu propia cabeza.
2. Seleccionar una imagen que te recuerde por qué te dedicas a ésto. En mi caso, cada vez que empiezo a escribir terror, miro o pienso en la imagen de Michael Myers junto a los arbustos en Halloween. Eso me ubica directamente en lo que siento que es mi universo personal.
3. Salir a caminar y dejar que la concentración en lo que estás buscando empiece a seleccionar detalles a tu alrededor. El cambio de contexto ayuda y la actividad química en el cuerpo hace lo demás.
4. Buscá la emoción de lo que tenés ganas de contar. Concentrate en esa emoción y pensá qué forma puede tener: qué clima, qué color, qué imagen, qué personaje la representa, en qué lugar, etc. Tu película va a buscar emocionar al espectador, si vos no partís de una emoción, o no tenés en claro qué emoción provoca tu idea, no vas a poder lograr conmover a nadie. Pero, sobre todo, no vas a tener un impulso poderoso para seguir escribiendo.
5. Soltar la imaginación a la asociación libre. Si tu concentración está, las fichas van a ir acomodándose hacia una idea original.
6. No tenerle miedo a la falta de originalidad. Partir de una idea de una película, serie, libro o anécdota que te gusta es completamente válido. Nunca el resultado va a ser el mismo a ese disparador, porque necesariamente va a pasar por vos y tu mirada antes.
7. Escuchá otras opiniones… pero hasta ahí. Confía en lo que sentís que la historia precisa. Sirve escuchar a otras personas y tener en cuenta esas miradas, pero no las sigas porque sí, si es que no te terminan de convencer. Usá esas ideas externas como disparador para tus propias experiencias.
8. No cuentes la idea a un tercero hasta no sentir que podés hacerlo. La mirada externa te puede servir cuando necesites evaluar algo, pero si ese algo no tiene forma todavía, seguí confiando en tu motivación interna aunque todavía no tenga un significante concreto. Si contás algo con lo que todavía tenés muchas dudas, esa incertidumbre puede ganarle a la idea en potencia y aniquilarla.
9. No esperes saber de “qué estás hablando” para empezar a escribir. Siempre vas a tener algo para decir, si empezás a escribir, eso va a aparecer solo.
10. Probá todos los métodos necesarios hasta encontrar el propio. Seguir estas ideas o cualquier manual de escritura no tiene por qué servirte al 100%.
Lo único verdaderamente valioso no es la inspiración —esa idea falsa nos exime de responsabilidad—, sino la capacidad de producir concentración deliberada en medio del ruido.
Habitamos un ecosistema saturado de estímulos, pero tenemos que encontrar la forma de tallar un espacio mental donde nada de eso nos alcance. Lo que en realidad nos da razón de ser no es un instante iluminado, sino la disciplina de fabricar nuestro propio silencio interno (o quilombo, depende de cada uno). Ese es nuestro vellocino de oro: un método. Y es valioso porque cuesta hallarlo.
Tal vez esa sea nuestra forma más profunda de supervivencia: aprender a encontrarnos a nosotros mismos antes de encontrar nuestra historia, aunque el mundo entero tire en contra. No se trata de esperar a que llegue la idea, sino de construir el terreno para que pueda aparecer.
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