Crear material audiovisual para el público contemporáneo no es nada sencillo. Si habiéndonos formado en un contexto menos abrumador, igual hemos adoptado las costumbres ansiosas de consumo cultural de manera tan contundente, lo nativo en ese aspecto de una enorme porción del público que nos lee o ve, es de raíces mucho más profundas.
¿Cómo escribir una obra audiovisual, que se desarrolla en el tiempo, para un público en contexto de ansiedad normalizada?
El consumo de películas y series ha cambiado tanto y tan rápido, que nos obliga a rever muchas de las reglas narrativas con las que fuimos formados (autodidacta y académicamente), porque la percepción del tiempo, el ritmo y la atención ya no responden a los mismos códigos que moldearon nuestra formación. Antes, la experiencia audiovisual sucedía exclusivamente en una sala de cine, un televisor, una programación periódica, un horario fijo. Ahora hay miles de estímulos simultáneos, pantallas múltiples, redes sociales que interrumpen, plataformas que recomiendan sin pausa y una cultura que nos exige mirar, opinar, guardar y descartar.
Frente a eso, escribir no debería consistir simplemente en “adaptarnos” a una forma de consumo. El verdadero desafío está en comprender los contextos y no en adaptarnos sin reconocernos parte de ellos. Ser parte de cómo se mira, de cómo se siente, de cómo se decide seguir o abandonar una historia. Ser parte, incluso, de esa ansiedad que condiciona la experiencia audiovisual. ¿Acaso alguien que esté leyendo esto mismo en cualquier dispositivo puede, con honestidad intelectual, definirse fuera de esta cultura?
Contar historias no se trata únicamente de tener algo potente para decir. También se trata de crear las estrategias narrativas para que esa historia pueda ser vista o leída. Y para eso, tenemos que entender cómo circula, cómo dialoga con un público educado en la velocidad
Si nosotros no tenemos en cuenta cómo se ven las historias y cómo se consumen los contenidos audiovisuales, difícilmente podamos llegar a alguien y por ende difícilmente podamos contar lo que queremos contar. La escritura audiovisual ya no es sólo la creación de un mundo ficcional: es también la creación de un puente entre ese mundo y la forma en que el espectador contemporáneo habita su tiempo.
Esto no significa rendirse a la lógica de la distracción perpetua, ni caer en la trampa de escribir “para el algoritmo”. Significa, más bien, reconocer que las reglas narrativas no son estáticas y que la demanda del espectador va cambiando
Es preciso escribir con mayor conciencia del ritmo emocional de quien mira. Entender que las pausas, los silencios, los climas y las tensiones siguen siendo esenciales, pero deben construirse con una sensibilidad distinta: con la noción de que cada segundo que ofrecemos está disputado por miles de estímulos externos.
¿Hay que cambiar todo lo que sabemos de cómo contar una película?
No.
Ni tampoco se trata de apurar el cuento, sino de comprender cómo sostener un interés genuino en un contexto de atención fragmentada. En ese gesto aparece una oportunidad: escribir historias que puedan convivir con la ansiedad sin resignar complejidad.
Porque al final, más allá de la velocidad, las plataformas y la vorágine, seguimos escribiendo para lo mismo: para llegar a alguien. Para ofrecer una historia que, contra toda distracción, valga la pena ser vista.
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