A pesar de haber sido muy taquillera con su estreno en 1988, con el correr del tiempo Pesadilla 4 (A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master) fue quedando tapada.

Ninguneada por ser secuela, por cambiar el cast de la tercera aunque mantuviera protagonista con otra cara, y sobre todo por haber quedado atrapada en una consigna tácita del fandom: está bien que te guste la 3 y está bien que critiques las demás. Como si ahí se hubiera cerrado un pacto de calidad de la saga. Pero la cuarta película de A Nightmare on Elm Street es, en realidad, una pequeña obra maestra sepultada por la bestia cultural de los ochenta.

Estrenada entre films que luego serían clásicos indiscutidos y en medio de una saga con picos creativos altísimos, la 4 suele pasar desapercibida a pesar de la enorme cantidad de ideas de guion que propone. No solo recoge lo mejor de las tres entregas anteriores, sino que consolida definitivamente a Freddy Krueger como ícono pop, focalizando su identidad en la perversión, en el diseño original de las muertes y en un cinismo cada vez más afilado. Sus líneas de diálogo son precisas, tajante y graciosas. Funcionan.

Pero ahí también está la trampa. Porque al mismo tiempo, la película fija al Freddy irónico, canchero. En los 80 eso funcionó perfecto. Era el lenguaje de la época. El problema vino después, cuando el fandom empezó a reivindicar al Freddy oscuro, sucio, verdaderamente inquietante de la primera película. Desde ese punto de vista retrospectivo, la 4 quedó marcada como el momento exacto en el que Freddy dejó de dar miedo y pasó a ser una marca.

La puesta en escena, sin embargo, está hecha con un respeto y un amor por el cine que rara vez se le reconocen. Renny Harlin —el mismo que después filmaría Duro de Matar 2 y Cliffhanger— dirige con una conciencia visual notable. La secuencia metacinematográfica del sueño de Alice dentro del cine tiene un nivel narrativo muy superior a la injusta categoría de “tercera o cuarta opción en la batea del videoclub” a la que se condenó a la película durante años.

La idea de cambio de protagonista a mitad del relato es un acierto. Así como la reformulación del poder de Kristen, transferido a Alice, y la manera en que Freddy utiliza ese don para llegar a los demás chicos, proponen una vuelta de tuerca inteligente al concepto de la saga. No repite: evoluciona.

El uso de los espejos como portales y leitmotiv, la lógica onírica sostenida, la originalidad de las muertes, todo construye un universo coherente, creativo y arriesgado.

El enfrentamiento final es otro punto alto: Alice utiliza el karate aprendido del hermano, el dispositivo creado por su amiga, y una comprensión distinta del miedo. Su conversión en heroína ochentosa podría haber sido legendaria de no haber quedado eclipsada. Es karateca, usa campera de cuero. Es Sarah Connor y Daniel LaRusso al mismo tiempo.

La película está hiper anclada a 1988: videoclips, luces de colores, rock y glam metal. Eso la volvió menos atemporal que la 1 o la 3. Y durante décadas pudo haber sido leída como “la ochentosa berreta”.


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