Nunca empezamos un guion para terminarlo. Empezamos para perseguir algo que todavía no sabemos qué forma va a tener.
Esa es la primera ansiedad: la necesidad de ver el resultado final cuando todavía no existe siquiera el comienzo. Entonces, aparecen las estructuras, las teorías de actos, los puntos de giro, las formas. Casi que no las usamos como herramientas de escritura, sino como calmantes. Porque incluso cuando tenemos una idea poderosa, lo más probable es que no estemos vislumbrando todo el desarrollo. No del todo. No realmente.
Un guion de cine, de televisión, de cualquier forma audiovisual, más que escribirse, se transita. Puede llevar horas, días o meses. Hasta años. Y cuando llegamos a eso que llamamos “versión final”, lo que en realidad tenemos es otra cosa: un punto de partida. Porque ahí empieza el recorrido del guion hacia algo que todavía no es. Hacia la película. Hacia la serie. Hacia la forma que va a tomar cuando deje de ser solo palabras que emulan imágenes y empiece a ser imagen en movimiento.
Si escribimos para que dirija otra persona, el trabajo no termina cuando entregamos el texto. Ahí empieza otra conversación. Acercarse, escuchar y discutir es fundamental para buscar eso que imaginamos. Porque ese guion va a quedar en manos de alguien que también está tomando decisiones y haciendo recortes. Lo hace, además, con un equipo que va a tensionar el guion con nuevas miradas en ideas.
Y eso está bien.
Cuando dirigimos lo que escribimos, la ilusión de control es todavía más peligrosa. Creemos que la historia ya está cerrada y que lo que sigue es ejecutar. Pero no. Ahí también el guion se vuelve a abrir. Aparecen las propuestas: actores, actrices, dirección de fotografía, producción, asistencia de dirección, vestuario, arte. Cada uno trae una mirada, una interpretación y una forma de entender y reinterpretar lo que escribimos.
Por eso, nuestro verdadero trabajo no es defender el guion, sino sostener su núcleo. Porque el guion mejora cuando deja de ser individual y se vuelve permeable. Pero no cuando se diluye.
Ahí está la tensión real: sumar sin perder; escuchar sin ceder la esencia; transformar sin traicionar. No es una cuestión de proteger cada palabra, sino de proteger aquello que hace que la historia exista.
Si logramos esa sintonía, si invitamos a que el equipo piense la historia, si aceptamos que otras imaginaciones la atraviesen, el guion se enriquece. Se vuelve más complejo. Más vivo. Más sincero.
Pero tampoco termina ahí. Porque cuando finalmente esa historia se convierte en película, en capítulo o en pieza audiovisual, el guion vuelve a escribirse, de forma infinita, en la cabeza de cada espectador.
Ahí se completa. O mejor dicho: ahí se vuelve a abrir. Porque cada espectador escribe su propia versión desde su experiencia, sus miedos, sus deseos.
Por eso, empezar un guion implica aceptar algo incómodo: que nunca vamos a tener el control total de lo que escribimos. Pero, si logramos construir un núcleo lo suficientemente potente, lo suficientemente claro, lo suficientemente vivo, todas esas miradas van a sumar.
Y lo que empezó como una intuición, como una idea incompleta, va a terminar siendo algo más grande. No porque lo cerramos, sino porque lo dejamos seguir escribiéndose.
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