“Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites, sin piedad”.
Federico Luppi en Lugares comunes (Aristarain, 2002)
Hay algo que muchas veces se pierde cuando hablamos de escribir películas, porque está la idea romántica de que el cine nace solamente del talento individual. Como si las historias aparecieran por generación espontánea. Como si alcanzar una mirada propia dependiera únicamente de una sensibilidad innata. Pero escribir cine también es una consecuencia directa de las herramientas que una sociedad le da (o le saca) a las personas para pensar el mundo.
Porque nadie escribe ni filma desde el vacío.
Uno hace películas desde las películas que vio, desde los libros que leyó, desde las discusiones políticas que tuvo, desde los talleres, desde las escuelas, desde las universidades, desde los profesores que lo marcaron.
Y ahí se ilumina la importancia de una educación pública de calidad. No solamente porque forma profesionales. Sino porque forma miradas.
El cine necesita personas capaces de observar críticamente la realidad. Personas que puedan transformar una angustia social, un recuerdo familiar, una injusticia política o una obsesión íntima en una obra artística. Y eso no surge del “don”. Surge de una formación cultural que amplía el horizonte de lo posible.
Muchas veces se habla de la educación únicamente en términos utilitarios. Como si solamente sirviera para producir trabajadores eficientes. Es un aspecto, sí. Y el arte es trabajo. Es trabajo emocional, intelectual, técnico y creativo. Y también puede transformarse en un medio de subsistencia.
Es importante decirlo. Porque si no, el arte sigue siendo un espacio para clases privilegiadas.
Y justamente una de las funciones más importantes de la educación pública es democratizar ese acceso. Permitir que personas, vengan de donde vengan, puedan descubrir que tienen algo para decir y, sobre todo, que ese algo tiene valor.
El cine argentino está lleno de directores, guionistas, actores y técnicos que encontraron su vocación en una escuela pública, en una universidad pública o en un espacio cultural sostenido colectivamente. Gente que quizás jamás hubiese podido imaginar una vida ligada al arte si no hubiera existido esa estructura.
Muchas veces una película cambia una vida. Pero antes de eso, muchas veces, hubo un docente que nos acercó esa película para que eso pasara.
Escribir y filmar también nace de ahí. De alguien que te muestra que el mundo puede ser pensado de otra manera. Que una historia puede servir para hablar del miedo, de la pobreza, del deseo, de la violencia, de la memoria o de la identidad. En mi caso, tuve la suerte de haber tenido como formadores a Fernando Martín Peña, Julio Chávez, Hugo Midón, José Luis Nacci, Christian Pauls, Marcelo Lavintman y Paula Félix Didier. Todos ellos me despertaron en algún aspecto, como dice Luppi en Lugares Comunes, al dolor de la lucidez.
Defender la educación pública no es solamente defender un sistema educativo. También es defender la posibilidad futura de nuevas voces, nuevas películas y nuevas formas de mirar la realidad. Porque cuando una sociedad destruye sus espacios de formación cultural, no solamente pierde profesionales. También pierde imaginación.
Y una sociedad sin imaginación es una sociedad que empieza lentamente a quedarse sin relatos sobre sí misma.
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