Mucho se habla de El día de la revelación (Disclosure Day) como la nueva película de extraterrestres de Steven Spielberg. Y lo es. Hay naves, misterios, gobiernos que ocultan información y seres venidos de otros mundos. Todo eso está ahí. Sin embargo, al salir del cine me quedé pensando en otra cosa.

Me quedé pensando en el punto de vista.

Porque si algo demuestra Spielberg en esta película es que el punto de vista no es una herramienta para contar la historia. El punto de vista ES la historia.

Desde la imagen de apertura, Disclosure Day construye una operación narrativa tan sencilla como compleja. Comienza, de hecho, con una subjetiva de un luchador. Lo están cagando a palos sobre un ring. Algo así como la brutalidad humana al mango, una expresión de lo salvaje a la que Spielberg nos expone desde adentro. Después de eso, iremos conociendo a los dos protagonistas. Primero Daniel Kellner. Luego Margaret. 

Durante buena parte de la película, Daniel ocupa el centro dramático mientras Margaret aparece como una figura secundaria que poco a poco empieza a ganar peso. Hasta que en un momento casi imperceptible la película cambia de eje. Entonces Daniel deja de ser quien conduce la historia para convertirse en quien acompaña. El centro pasa a Margaret.

Lo interesante es que Spielberg y David Koepp —guionista de Jurassic Park, una de las películas citadas de manera invisible en una de las secuencias más memorables, y responsable acá del guion a partir de una historia concebida por el propio Spielberg— no utilizan este cambio dramático como un simple recurso estructural. Lo utilizan para colocarnos dentro de los personajes.

Daniel sabe cosas sobre los extraterrestres. Pero no sabe cosas sobre sí mismo. Margaret está atravesada por fenómenos que no comprende. Tampoco sabe quién es realmente dentro de esta historia. Ambos buscan respuestas hacia afuera mientras las verdaderas respuestas se encuentran en su interior.

Y nosotros descubrimos todo junto a ellos.

La información que posee el espectador es exactamente la misma que poseen los protagonistas. Nunca estamos por delante. Nunca estamos detrás. Compartimos la misma incertidumbre.

La película funciona tan bien porque el conflicto no consiste en descubrir solamente qué quieren los extraterrestres. El conflicto más profundo se basa en descubrir quiénes son Daniel y Margaret. El clásico McGuffin hitchockiano está presente. Hay objetos, persecuciones —una de ellas es un momento Indiana Jones que emociona de solo pensar que Spielberg se sigue divirtiendo haciendo esas cosas que solamente puede hacer así—, revelaciones y peligros físicos. Pero todo eso funciona como combustible para otra acción mucho más importante: la acción interior.

Cada nueva pieza del rompecabezas extraterrestre revela algo sobre los visitantes y algo sobre los protagonistas y la verdadera aventura es la construcción de la identidad. Una identidad de dos personas que irá buscando develar la identidad colectiva, universal.

También por eso resultan tan interesante las elecciones de casting. Emily Blunt es una actriz reconocida, pero no estamos frente a una película sostenida por megaestrellas. Spielberg evita que el espectador se enfrente a rostros convertidos en íconos. Necesita que veamos personas antes que celebridades. Necesita que podamos ser ellos.

Hay algo profundamente humano en Daniel y Margaret. Son posibles. Son reconocibles. Son personas comunes enfrentadas a algo extraordinario.

Y, paradójicamente, las únicas verdaderas estrellas de la película son los extraterrestres. 

Pero incluso ahí Spielberg toma una decisión fascinante. En lugar de diseñar criaturas completamente nuevas o alejadas del imaginario popular, como lo había hecho en E.T., recurre al extraterrestre clásico. El de Roswell. El que vimos en ilustraciones, películas, supuestas autopsias, revistas, remeras y programas de televisión durante décadas. El extraterrestre que cualquiera podría dibujar de memoria.

La decisión parece sencilla, pero encierra una idea enorme: Los humanos son personas comunes; los extraterrestres son exactamente lo que siempre imaginamos que eran. Como si la verdad hubiera estado delante de nuestros ojos desde el principio. Como si lleváramos décadas observándola sin verla realmente.

Y eso conecta directamente con el tema central de la película. Los personajes descubren que aquello que buscaban ya estaba frente a ellos. 

Sin entrar en spoilers, la película lleva la idea del punto de vista hasta sus últimas consecuencias durante su tramo final. Daniel y Margaret terminan ocupando un lugar muy particular dentro de la comunicación entre especies. Uno traduce. La otra comunica. Ambos funcionan como puentes entre mundos distintos.

Y entonces la película deja de hablar de extraterrestres. O mejor dicho: Spielberg vuelve a hablar de extraterrestres para hablar de nosotros.

Con casi ochenta años de edad, Spielberg sigue demostrando que la imaginación no tiene fecha de vencimiento. Sigue jugando con los mismos misterios que lo fascinaron desde niño. Sigue mirando al cielo. Sigue preguntándose qué hay ahí afuera.

Pero quizás lo más hermoso sea que todavía nos invita a mirar junto a él. Y mientras observamos las estrellas, terminamos descubriendo algo mucho más cercano. Porque, por más que lo que se viralice y llame la atención en redes sean sus declaraciones acerca de la seguridad que declara sobre la posibilidad de vida extraterrestre, lo que hace Spielberg es seguir construyendo nuevas metáforas populares, expresiones estéticas donde todos podamos encontrarnos.

Quizás ahí resida la verdadera potencia del punto de vista en el cine. No se trata solamente de decidir desde dónde vemos una historia. Se trata de decidir quiénes somos mientras la vemos.

Cuando un autor cinematográfico domina el punto de vista, lo que les sucede a los personajes empieza a sucedernos también a nosotros. Sus preguntas se vuelven nuestras preguntas. Sus miedos, nuestros miedos. Sus descubrimientos, nuestros descubrimientos.

Spielberg ha construido gran parte de su filmografía sobre ese principio. Nos lleva de la mano, casi sin que lo notemos, hacia aquello que creemos estar mirando. Un extraterrestre. Un tiburón. Un arqueólogo. Un niño perdido. Una invasión. Pero cuando llegamos al final descubrimos que el viaje nunca era hacia afuera. Siempre fue hacia adentro.

Spielberg entiende que toda revelación sobre el universo es, al mismo tiempo, una revelación sobre nosotros mismos. Sobre nuestro lugar en el mundo, sobre aquello que ignoramos, sobre aquello que elegimos no ver y sobre las verdades que permanecen frente a nuestros ojos esperando que cambiemos de perspectiva.

Tal vez por eso, llegando a su octava década de vida, sigue siendo el más grande cineasta de la imaginación. Porque detrás de cada aventura, detrás de cada criatura y detrás de cada misterio, continúa haciéndonos la misma pregunta: ¿qué pasa cuando finalmente vemos aquello que siempre estuvo ahí?

Y la respuesta, como ocurre con Daniel y Margaret, nunca transforma solamente nuestra manera de entender el mundo. También transforma nuestra manera de entendernos a nosotros mismos.


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