Hay una diferencia bastante grande entre sentarse a escribir una historia que uno quiere contar y abrir un documento para escribir una historia que alguien necesita que uno cuente.
En el primer caso, el problema suele ser encontrar la forma.
En el segundo, antes hay que encontrar el deseo.
Porque escribir por encargo tiene una dificultad bastante particular: la idea ya existía antes de que uno llegara. Puede existir como una línea, una sinopsis, un personaje, una novela que hay que adaptar, una serie que alguien viene desarrollando desde hace años, o simplemente como una frase: queremos hacer una película sobre “esto”.
Y entonces aparece el oficio, que muchas veces parece desromantizarse. Porque existe la idea de que un autor debería escribir solamente aquello que necesita contar. Es lo que sucede cuando algo surge exclusivamente de nuestra cabeza: Una obsesión, un recuerdo, un miedo, una historia que viene persiguiéndonos desde hace años.
Pero escribir profesionalmente también significa sentarse frente a historias que uno no imaginó. El punto de partida puede haberlo encontrado un productor, un director, una plataforma u otro guionista.
Eso cambia algunas cosas. Pero no necesariamente cambia lo fundamental. Porque una idea no tiene que ser mía para que yo tenga algo que decir sobre ella.
Cuando escribo algo propio, generalmente sé por qué quiero escribirlo, incluso cuando todavía no sé exactamente de qué se trata. Pero en un encargo, ese motor no siempre está desde el principio. Hay que encontrarlo.
Para mí, una parte importante del trabajo consiste justamente en buscar una puerta de entrada. Algo dentro de esa historia que pueda hacer mío. Pero eso no significa transformar el proyecto en otra cosa. Mucho menos utilizarlo como excusa para escribir la película que yo hubiera querido escribir.
Significa descubrir qué hay ahí que me interesa. O sea “qué puedo encontrar de mí en esa historia que llega como ajena”. Cuando encuentro eso, la relación con el material cambia y ya no estoy solamente resolviendo un encargo. Estoy escribiendo.
Los proyectos propios también tienen límites, pero muchas veces uno mismo los decide.En un encargo, buena parte de esas decisiones pueden existir antes de empezar. Pueden ser el género, la duración, la cantidad de episodios, el público, el formato o tipo de pantalla, los personajes, las locaciones, el presupuesto, etc.
La primera reacción podría ser pensar que nos quedamos sin libertad. Pero escribir siempre consiste, en alguna medida, en trabajar con restricciones. Ni un personaje no puede hacer cualquier cosa ni una historia no puede durar para siempre.
Una película establece sus propias reglas y después tenemos que respetarlas, si es que queremos construir un relato verosímil y entretenido.
El encargo lo que hace es señalar algunas de esas fronteras desde el comienzo. Y ahí aparece algo que me interesa especialmente del trabajo: descubrir qué se puede hacer con esas restricciones.
Hay otra particularidad de escribir para otros: las devoluciones.
La o las personas para quienes estamos trabajando leen el guion y dicen que una escena no funciona. Que un personaje debería aparecer antes. Que falta emoción. Que hay que acelerar determinada parte. Que algo no se entiende. Y nuestro trabajo no consiste necesariamente en ejecutar literalmente cada una de esas indicaciones. Muchas veces hay que tratar de descubrir qué problema está señalando esa devolución, para comprenderlo y encontrar nuestra manera de resolverlo.
Esa interpretación forma parte de escribir.
Escribir por encargo también obliga a aprender algo bastante menos romántico, porque no todas las decisiones merecen ser defendidas hasta las últimas consecuencias. Hay escenas que uno quiere mucho y que pueden desaparecer, o diálogos que parecían indispensables y dejan de existir en la siguiente versión.
El problema es distinguir entre lo que simplemente nos gusta y lo que realmente sostiene la historia. Porque también hay decisiones que sí hay que defender. No porque sean nuestras, sino porque al modificarlas se rompe algo.
Parte del oficio consiste en aprender a reconocer la diferencia.
Quizás escribir por encargo haga evidente algo que en realidad sucede con casi cualquier guion destinado a convertirse en una película o una serie. El texto casi nunca nos pertenece completamente, porque va a pasar por otras manos y otras miradas.
Incluso cuando la idea original fue nuestra, el cine es una máquina bastante eficiente para recordarnos que no trabajamos solos.
Por eso la autoría de un guionista no consiste en controlar cada elemento del resultado. Está en otra parte.
La distancia entre la idea que llega y nuestra propia mirada propia empieza a desaparecer en algún momento. Cuando empezamos a desarrollar los personajes, imaginar cómo hablan, qué hacen y qué provocan para que la historia avance, aparecen imágenes que antes no existían. Y llega un momento en que la historia que nos dieron ya no es exactamente la misma.
Pero tampoco se convirtió completamente en nuestra. Es otra cosa.
Tal vez ahí esté una de las partes más interesantes de escribir profesionalmente.
Cuando escribo algo propio, tengo que inventar las reglas. Cuando escribo por encargo, tengo que descubrir qué puedo hacer con las reglas que me dieron.
La libertad está en otro lugar. Y la autoría también.
Porque escribir por encargo no consiste en conseguir que la historia de otro se parezca a una historia que yo hubiera escrito por mi cuenta. Si me llaman para escribirla, entiendo que también es porque quieren mi mirada. Mi manera de pensar los personajes, de construir una escena, de encontrar los conflictos, de mirar esa historia.
El encargo puede venir con sus propias reglas, sus límites y sus necesidades. Pero mi trabajo no es desaparecer detrás de todo eso
Lo más interesante de escribir para otros es descubrir qué puedo aportar para que esa historia crezca, se transforme y encuentre una forma que también lleve algo de mí.
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